Belachín




Hace 27 años conocí a la que hoy es muy mujer, Karín, una peruana preciosa e inteligente que vino a Europa a estudiar y, sin quererlo se topó conmigo para su suerte o desgracia :) 


Después de año y medio juntos fui por primera vez a Perú a pasar la Navidad. Pasamos unos días en Lima y luego fuimos a Panao, el pueblo de la familia de Karín. Donde pasó su niñez y donde aún vivía parte de su familia.


Viniendo de Europa a mis 23 años me era difícil imaginar como sería Perú y sobre todo como sería Panao. Un “pueblo” de 5000 habitantes en las estribaciones de los Andes donde los indígenas bajan a comprar, las mujeres con sus polleras, sentadas en la acera, los hombres con sus sombreros paseando por el pueblo. Donde mis suegros tenían una tienda de abarrotes, como la del padre de Manolito en Mafalda, donde se vendía desde harina, hasta tabaco o tornillos. Donde la gente mascaba coca de manera regular, donde en la fiesta grande hay una comparsa de bailarines disfrazados de negritos bailando de sol a sol. Donde la fiesta la organizan los mayordomos y te sirven un trago corto al entrar y luego trago largo. Donde se baila el huaino, que yo decidí en rebautizar como ‘why not’ y Belacho y Aimer se partían de la risa. Donde los abuelos de mis suegros paseaban a caballo hace un siglo con su capa castellana y su sombrero. 


En ese pueblo maravilloso que me recordaba a Macondo en toda su expresión conocí al tío Belacho. Tendría unos 60 años, yo 23. Conectamos a la primera. Siempre me gusta hablar de la improbabilidad de la felicidad. De la improbabilidad de todo lo que pasa en la vida. Ese hombre y yo probablemente no teníamos prácticamente nada en común y aun así, por alguna razón cósmica, nos caímos bien a la primera. Si no hubiera sido el tío de mi novia nuestros caminos jamas se hubieran cruzado. Ese año pasamos la Nochevieja en Panao, primero en casa comiendo comida china (o chifa como la llaman ellos) y luego con los vecinos. Belacho y Aimer (mi suegro) eran uña y carne. Después de las 12 salimos todos a la calle a celebrar con los vecinos y nos pusimos a beber Cusqueña, Cristal y ron cola, que por entonces a nosotros nos gustaba mucho. Cada vez que nos servíamos una copa le decíamos a Belacho ‘marrón' en lugar de ‘más ron’ y se moría de la risa. 

Fuimos a Perú unas cuantas veces más y pasamos muchos buenos momentos hasta el año que Aimer enfermó y luego falleció, desde entonces nos acercamos mucho más incluso, César, uno de los hijos de Belacho pasó un tiempo con nosotros en España y Telmo hizo un viaje con toda la familia a Chincha donde tuvimos la suerte de conocerle y forjar una buena amistad antes de que también nos dejará a causa del Covid junto a su madre y su hermano Andrés.


Hace ocho años llevamos a nuestros hijos por primera vez a Perú, en ese viaje pasamos unos días es Panao y Belacho se convirtió en el abuelo que nunca tuvieron, gracioso, cariñoso, cercano… ese relación se mantuvo hasta la semana pasada que hablamos por última vez con él y aún tremendamente enfermo esperaba que yo le bromeara en el teléfono y él mismo me bromeó de vuelta casi sin poder hablar. Yo no le podía visitar ni ayudar en su dolor, lo único que podía hacer es hacerle reir en la que sabía que podía ser la última vez.


La riqueza no se mide en dinero, la riqueza se mide en la gente que te quiere y a la que quieres. Belacho era muy rico porque le quería mucha gente, a mí se me han ido en una semana dos personas a las que quería mucho y sé que me querían. No sé por qué, pero hoy me siento mucho más pobre. Hasta siempre Belachín, tío y amigo por igual, te echaré mucho de menos.


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